Por: Lola Luna
Ana era una chica adolescente sensible y cariñosa. A pesar de ser adolescente, ha pasado por mucho en su vida y valora mucho todo lo que tiene. Venía de una familia humilde de gran corazón en Cuba. Excepto por el dinero, ella y su madre vivían sin muchas dificultades en su día a día, hasta que una mañana del 1959 lo cambió todo.
– Ana, cariño, tenemos que hablar. – dice la madre de Ana.
Ana, molesta, le responde a su mamá con un alto tono de voz no muy agradable.
– ¿Qué quieres ahora?-dice Ana.
– Ana, ya sabes que no me gusta que me respondas así. – dice su madre.
– Bueno, tampoco es para tanto, acostumbras a decirme que tenemos que hablar y luego suele ser algo irrelevante. Pero bueno, ya dime, ¿de qué quieres hablar? – dice Ana, un poco cansada de que su madre le repita todo constantemente.
– Cariño, a partir de hoy las cosas van a cambiar. – dice su madre.
– Mamá, las cosas ya cambiaron hace mucho tiempo. Desde que papá decidió abandonarnos por otra familia, esta casa ya no se siente como un hogar. –dice Ana.
– Ana, por favor, no traigas temas a la mesa que abren heridas ya cerradas tiempo atrás. Y no, no me refería a ese tipo de cambios, me refiero a un cambio de vida radical. Nunca más volveremos a este país, corremos peligro. – dice la madre de Ana.
– ¿Qué dices, mamá?– dice Ana ya con cara de preocupación y dejando a un lado sus actitudes de adolescente.
– Así es, tendremos que irnos a Estados Unidos, aquí no podemos estar, se aproxima una gran revolución en Cuba. – dijo su madre.
Ana, aunque todavía un poco confundida por todo, no dice nada más. Tan pronto su madre sale por la puerta de su habitación, Ana se hecha a llorar mientras acaricia su más preciado
recuerdo, una foto de su padre y ella. Al cabo del rato, empieza a empacar todo por encomienda de su madre. La mañana siguiente cogerían su vuelo a Nueva York.
Esa mañana, Ana se despierta llorando. Su madre la encuentra en su habitación mirando toda la vida, que por mucho tiempo había construído en aquella casa.
– Para mí también es difícil, cielo, pero si nos quedamos aquí el daño que nos harán y el peligro que correremos es inminente. Ahora hay que ser valiente, echar garras, repechar nuestra nueva realidad.
Ana no sabe que decir, está muerta por dentro. Todo había sido tan rápido…
Llegan al aeropuerto y Ana siente que el mundo se cae encima de ella. Mira hacia atrás con una mirada de derrota.
Ana no sabe que hacer, como reaccionar. Su distinitiva personalidad le dice que debe mirar el lado positivo del asunto, que conocería un nuevo país, y que seguramente haría nuevas amistades que la acompañarían por el resto de su vida. Pero no había emoción que pudiera mitigar el miedo tan profundo que le daba dejar su país para siempre.
Ana se montó en el avión, todavía con una mirada pálida en su rostro. Sus pensamientos estaban tan dispersos por toda su cabeza, que ni siquiera sabía diferenciar entre lo que pensaba y lo que sentía.
Fue un viaje corto, pero con una tensión máxima entre Ana y su madre. Ana no podía dejar de pensar en todo lo que había dejado atrás. Le emocionaba la idea de irse, de explorar otro mundo, pero le aterrorizaba la idea de olvidarse de sus primeros años de vida para siempre.
Ahí acabó el miedo, pero no la desgracia. Dos años más tarde, ambas ya estaban ajustadas a su nueva forma de vida. Ana estudiaba en escuela pública y tenía amigos, que tal y como ella esperaba, la apoyaron en cada una de sus decisiones. Para Ana las cosas no cambiaron mucho emocionalmente, aunque no podemos decir lo mismo de la parte económica. Su madre trabajaba en pésimas condiciones. Pertenecía a una organización que creó una comisión para salvaguardar el futuro de Cuba. Aunque todo era por una buena causa, su salario era mínimo para la cantidad de horas que trabajaba. La casa de la familia se asentaba encima de un oleoducto. No podían permitirse una casa en mejores condiciones. Pero a pesar de todo, y de lo mucho que había descendido su calidad de vida desde Cuba , ambas estaban felices y en paz. Pero no todo era color de rosas. Su tragedia no acaba al irse de Cuba, sino que inicia. Un día, mientras Ana estudia tranquilamente en su habitación, una explosión inunda sus oídos de ruido. El oleoducto debajo de ella había estallado, causando fuego en distintas partes de la casa de Ana.
– ¡Ana, Ana, Ana, ayúdame! – grita la madre de Ana mientras las llamas la comen viva.
Ana no reacciona, se queda quieta. Cuando siente el calor del fuego entrando a su cuerpo, sale por la ventana y se echa a correr. Reza porque su madre salga viva de aquella casa.
Luego de unos 20 minutos de puro llanto que inundaba la pálida cara de Ana, la policía llega con los bomberos a su lado. Ana ve su casa cayéndose a pedazos con su madre dentro. No pudieron rescatar nada. Bueno, nada excepto aquel cuadro que Ana miraba con tanto amor y aprecio. Su mamá se fue para siempre, pero su familia, su país, su casa y su padre siempre estarían en la memoria de aquella joven adolescente, que con solo quince años vivió más que muchos en una vida.
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